Las Sagas Vikingas III
Necesario es que á lo dicho y para completar, siquiera brevemente,
el cuadro de las expediciones transatlánticas verificadas
con anterioridad al portentoso y memorable hecho del siglo xv,
recordemos ahora otras empresas y tentativas, que, procediendo
de diferentes países occidentales de Europa, integran
la serie no pequeña de viajes precolombinos. Basta observar
en cualquier planisferio la disposición de tales, regiones para
percibir, sin gran esfuerzo, que sus habitantes debieron s>ofiar
en todo tiempo con la existencia de mundos lejanos, más allá
de la inmensidad líquida que su vista diariamente contemplaba.
Por eso, las islas británicas, y de modo más principal,
entre ellas Irlanda, la verde Erín, gozaron siempre fama de
naciones aventureras y marítimas. Con razón había dicho
Avieno en la antigüedad: «Allí se mueve un pueblo numeroso,
de espíritu fiero y muy activo: todos sus hombres se dedican
exclusivamente á los cuidados del comercio y atraviesan el mar
en sus canoas, que no construyen de maderas de pino ó de
abeto, sino que fabrican con pieles y cueros.» Dotados, por lo
mismo, de gran amor y entusiasmo hacia lo maravilloso, poblaron
su vieja literatura de extraordinario número de leyendas,
paganas en su origen, alimentadas y favorecidas luego por
el espíritu religioso del cristianismo; pero evidenciando todas
ellas el presentimiento de tierras occidentales, más ó menos
hermosas y fantásticas. No de otro modo surge la historia, ni
civilización alguna hubo que no contase en sus albores hechos
obscuros, inciertos, pero verosímiles; personajes fabulosos,
atrevidos sucesos y episodios, ficciones quiméricas y complicadas,
que el análisis severo y profundo juicio de edades propiamente
reflexivas se encargaron luego de aclarar.
El primero de aquellos irlandeses de corazón intrépido, cuyo
recuerdo ha conservado la leyenda, se llamaba el bello Condla,
hijo de supuesto monarca, que gobernaba la isla en la mitad del
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siglo ii, anterior á nuestra era. Hallándose con su padre en elevado
paraje de sus dominios se presentó cierto día una mujer
invitándole á que le siguiera «al país de los vivos, donde* no se
conocía la muerte ni el pecado, y se pasaba la vida en alegres
festines». El anciano Rey, que oía las palabras sin distinguir
quien las pronunciaba, recurrió á los encantos de los Druidas
para impedir las sugestiones de la desconocida, que huyó, arrojando
al Príncipe una manzana. Bien pronto se apoderó de éste
sombría tristeza, y pasado un mes, cuando la misteriosa voz
tornó á decir: «Hermoso mancebo: para librarte del pesar que
te abruma y te causan tus deberes, sube á mi esquife de cristal,
llegaremos al cerro de Boadag, y aunque hay otra tierra alejada,
donde el sol se oculta, podemos alcanzarla antes de la noche
y te convencerás de que es el país que encanta el espíritu
de cualquiera que se vuelve hacia mí.» Cond/a, cediendo á tan
reiteradas instancias, subió á la frágil barca y, ocultándose en
espesas brumas, huyó, sin que nadie tuviera después noticia
del arrojado Príncipe.
Esta leyenda, popular en Irlanda, se encuentra, modificada
por las civilizaciones y creencias religiosas, bajo diferentes formas;
mas el fondo subsiste y con él se evidencia que se trataba
de un viaje por mar en dirección de Poniente y para el descubrimiento
ó hallazgo de una tierra prodigiosa, llamada en antiguas
narraciones, no menos populares: «colinas de las hadas,
Diutsid, Teu, Mag, Trogaigi», y con más frecuencia «Magmell,
ó «llanura de las delicias», célebre por sus abundantes
frutos, por su árbol de plata que abrillantábanlos rayos solares,
por su fuente perenne, que semejaba al antiguo cuerno de la
abundancia y por la singular belleza de sus mujeres, algunas de
las cuales atrajeron las miradas y despertaron la pasión de los
héroes Cuculaín y Leogan'o, verdaderos protagonistas de interesantes
aventuras. '
No fue solóla región de Mag-mell el país que aparece citado
en las leyendas irlandesas, puesto que también éstas nos
hablan de otras tierras, igualmente maravillosas á las que abordaron
los fianns y enaltecen la memoria del jefe Fionny su
hijo Oisin, mejor conocido por el nombre de Ossian, que
ciego, cargado de años; pero conservando la fe en las divinida_
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des de su pueblo y en el culto ideal de la virtud y el valor, es,
acogido por Patricio, el santo nacional de Irlanda. Entre el representante
del druidismo y el defensor de las creencias cristianas
suscitáronse pronto terribles disensiones que, calmadas por
el segundo, permiten al primero recordar sus proezas, entre las
cuales figura un viaje extraordinario á la gran tierra del Oeste
llamada Tirnanog ó «Fuente de Juventud», deliciosa mansión
de grandezas y portentos, elogiada por los irlandeses hasta
el mismo siglo xvi, de tal suerte, que corriendo esa centuria,
el español Juan de Solís pretendía haber descubierto tan
prodigioso manantial, que rejuvenecía á los hombres, devolviéndoles
la salud (i).
Seguramente, todas estas leyendas del paganismo son extrañas
y fabulosas; pero contienen no escaso fondo de verdad;
porque aun valiéndose, como se valen, de extraños personajes é
inverosímiles sucesos, reflejan, sin embargo, la tenacidad en la
creencia de una gran tierra occidental y en las posibles comunicaciones
de los irlandeses con habitantes de países transatlánticos.
El mismo carácter y significación ostentan las ficciones, que
propagandistas y apóstoles de la fe de Cristo divulgaron por*
el Occidente de Europa, entre las cuales alcanzó superior
celebridad la del monje San Brandan, continuador de viajes
marítimos, que sus predecesores Mernoc y Barintus habían
realizado, y cuyos fantásticos pormenores no he de referir
por haberse expuesto desde este mismo sitio (2) con mayor
gallardía y elocuencia que yo pudiese hacerlo. Cierto es que
en buena crítica no debe olvidarse la forma legendaria y poética
de dicha narración, la de Maelduino y otras, como la de
ciertos monjes armoricanos, que partiendo de San Mateo de
Finisterre, buscaban en las islas del Atlántico la deliciosa morada,
donde, en unión de los profetas Elias y Enoch, pretendían
esperar el advenimiento del Juicio final; pero tampoco es lícito
(1) Gaffarel.—Les irlandais en Amérique avant Colomb., 1890.
(2) Lo hizo el Sr. D.Eduardo Saavedra en su notable Conferencia «Ideas de los
antiguos sobre las tierras atlánticas'», pronunciada en el Ateneo de Madrid'el día 17 de
Febrero de 1891. ' ......
s
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desconocer que tales monumentos literarios, de igual modo que
los de época pagana, acreditan las expediciones realizadas á las
islas Shetland, Feroe, quizá también á las Azores y, sobre todo,
demuestran el incansable celo con que se perseguían y codiciaban
nuevas tierras en un mundo marítimo más ó menos desconocido.
Pruébalo así, entre otras cosas, el hecho histórico que, separando
ya nuestra vista de los datos puramente fantásticos, interesa
en primer término consignar. Admiten de buen grado respetables
autoridades en la materia, que tan pronto como los
habitantes de Irlanda se convirtieron al Cristianismo, revelaron
singular prurito por extender la ciencia y la fe hasta en
los más apartados lugares. Aquella isla comenzó á llamarse
Isla de los Santos, debido esto al gran número de sus monasterios,
á la instrucción de sus sacerdotes y principalmente al fervoroso
entusiasmo de sus predicadores y religiosos, que á partir
del siglo vi de la Era cristiana, difunden la nueva doctrina
en gran número de islas del Atlántico. Ya bajo el nombre de
Cuídeos, que, con etimología algo equívoca, se ha traducido por
Cultores Det, ó el de Papce, es decir, clérigos, provistos de
blanca túnica, á semejanza del gran misionero Columba, principal
catequista de la Europa bárbara, se observa que dichos
misioneros navegan en la doble dirección del Poniente y Noroeste.
Mucho influyó para ese movimiento de emigración, el
desacuerdo que sobre varios puntos de disciplina eclesiástica, relativos
á la fijación de la Pascua, ceremonias anejas al bautismo,
tonsura monástica y otros, surgió entre los monjes irlandeses y
la mayoría de los católicos. Fieles los primeros á sus antiguos
ritos, abandonaron la Inglaterra desde 664, con su Jefe, el obispo
Coimán, para volver al Monasterio de Joña, antes que someterse
á las decisiones de la conferencia de Wilby (1). Cincuenta
años más tarde, cuando Nechtan, rey de los pictos, impuso la
regla romana á su clero, los Papce se desterraban voluntariamente
de Escocia, y al declararse también Irlanda por la unidad
católica, sirviéronles de refugio los archipiélagos del Atlán-
' (1) Montalembert, Les nioines d'Occidcnt. — Gaffarel, Les irlandais en Aniérique
avant Colomb.
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tico septentrional, y en los que primero unos, después otros, se
establecen, mirados con recelo por los demás católicos, que les
motejaban de africanos judaizantes (i). Los Papce renunciaron
sin gran trabajo á su patria, porque las regiones misteriosas
del Norte ejercieron siempre en ellos poderoso atractivo, merced
á lo cual reconocen y ocupan sucesivamente las Orcades
y Shetland, desde donde á poco pasaron á las Feróe, y, por último,
á Islandia (2).
Arrojados de ésta por las conquistas de los normandos, emigran
en la primera de las direcciones antedichas, ó sea hacia el
Poniente, de nuevo afrontan los peligros marítimos, y de tempestad
en tempestad, de naufragio en naufragio, llegan á las
tierras americanas, fijándose en la región que bautizan con el
nombre de Irland-it-Mikla ó Gran Irlanda (3). Advertidos ya
por la experiencia, guardaron con especial reserva los irlandeses
el secreto de las nuevas exploraciones para que no fuesen conocidas
en Europa; pero habiéndolos perseguido allí también
los normandos de Islandia, pudieron éstos darnos prueba y de-
(1) Beauvois, Relaciones precolombinas de los Gaels con México. (Congreso Americanista
de Copenhague.)
(2) -La ocupación que los irlandeses hicieron de las primeras islas atlánticas visitadas,
no halló resistencia en sus antiguos pobladores, que antes bien simpatizaron
con ellos hasta el punto de adoptar el mismo traje de los que les dispensaban el beneficio
de iniciarlos en la civilización. Cuando en el siglo ix el rey Haraldo Harfager de
Noruega invadió dichos archipiélagos, los cristianos fueron perseguidos y reemplazados
por paganos de Scandinavia. El nombre de los Papen se conservó, sin embargo, en
las Orcades y se perciben sus derivaciones en las islas Papawertra, Paposironsa y en
muchos lugares de Paplay. Igualmente entre las Shetland figuran las tres islas de Papastone,
Papalittle, Papa y el dominio de Papil. (Gaffarel )
El establecimiento de irlandeses cristianos en las Feroe é Islandia, se encuentra
consignado por el monje Dicuil, que al redactar en 825 su famoso libro geográfico,
Be mensura orbis térros, del que hicimos mérito en la segunda parte de este trabajo,
refirió minuciosamente las peregrinaciones marítimas y colonización de los irlandeses
en dichas islas. Sabido es que cuando por primera vez las visitan los normandos,
descubrieron manifestaciones y vestigios indudables de la existencia de los Papa;,
como eran, por ejemplo, libros irlandeses, campanas, báculos y otros objetos. Estos
hallazgos procedían de los territorios de Papey y Papylt en la parte oriental de Islandia.
(Humboldt, Cosmos é Histoire de la Geographie du nouveau continent.—G&íí&veX,
Les Mandáis en Amérique avant Colomb^)
(3) El historiador que ha dilucidado mejor este importantísimo asunto de la colonización
irlandesa precolombina, ha sido Mr. Beauvois en su Decouverte du Nouveau
Monde par les Mandáis etpremieres traces du christianisme en Amérique avant tan 1000
(Congreso Americanista de Ñancy, 1875), y en otras obras. ' '
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mostración casi perfecta del establecimiento de hombres cristianos
en el Nuevo Mundo.
Tres obras islandesas hablan de Irland-it-Mikla. La primera
es el Landnamabok, que refiere el hecho de haber arribado
en 983 el navegante Aré Marsson, natural de Reykianes, por
impulso de fuertes vendavales, á las costas de Hvitramannalañd,
que algunos llaman Irland-it-Mikla, donde sus pobladores
forzosamente le obligaron á que permaneciese, esmerándose
en tratarle con honor. Llegó, sin embargo, á Islandia el
rumor de tales hechos por referencias no despreciables, entre
otras la de cierto Duque ó Jefe de las Orcades, y de ese primer
texto resulta, que los colonos irlandeses ocupaban entonces
gran extensión de territorio situado al Oeste, desde el,cual impedían
á náufragos y viajeros que volvieran á su país.
Otro libro curioso, la Eyrbygia Saga, ó historia de personajes
notables, que vivieron en regiones de Islandia occidental,
conmemora las heroicas empresas de Biorn Asbrandson, célebre
guerrero sueco de Jomburgo, que mereció llamarse el Campeador
de Bredevig, y desterrado de sü nueva y adoptiva patria
por riñas y asesinatos, á los que le condujo criminal pasión
amorosa, tuvo que emigrar á lejanas tierras, hasta que en 1029
otro islandés, Gudleif Gudlangson, al tocar por impulso de violento
temporal á playas del Sudoeste, verificando travesía en
viaje de retorno á Dublín, alcanzó, después de bogar sin rumbo
fijo durante varios días, ignorada comarca, y allí con sus compañeros
se vio rodeado por centenares de hombres que, apoderándose
de ellos, los encadenan y aprisionan, presentándolos
ante solemne reunión ó asamblea, en la que algunos de
sus individuos querían asesinarlos, prefiriendo otros reducirlos
á esclavitud. Seguían las deliberaciones cuando llegó numerosa
tropa de jinetes provistos de estandartes, mandada por anciano
y corpulento jefe, ante quien los asistentes se prosternaron encomendándole
la decisión del asunto. El hombre venerable dirigió
afectuosamente la palabra á los náufragos, interrogóles por
su patria y hasta les hizo dádivas de consideración. Creyó entonces
Gudleif reconocer en tan inesperado protector á su compatriota
el Campeador de Bredevig; pero fuera esto ó no exacto,
y prescindiendo, como es de prescindir, de los varios episodios
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romancescos que en la narración figuran, parece, sin embargo,
auténtico el hecho de que los dos personajes fueron sucesivamente
arrojados por violenta tempestad á un país situado muy
al Oeste, que disfrutaba de cierto grado de civilización, donde
era familiar la lengua irlandesa y cuyos moradores tenían por
sistemática costumbre asesinar ó reducir á esclavitud á los extranjeros
que allí llegaban. Dicho lugar, colocado al Poniente
de Irlanda é Islandia, esto es, en dirección de América, corresponde
á Irland-it-Mikla, que Aré Marsson había anteriormente
visitado (i).
El tercer documento literario histórico, que es la famosa
Saga de Thorfinn Karlsefne, formada con varias relaciones de
normandos, descubridores- de Vinlandia, abraza también un
pasaje importante que ratifica el establecimiento de los irlandeses
en el Nuevo Mundo, según oportunamente dijimos al referir
el encuentro y conversación de Thorfinn con aquellos jóvenes
Skroellings, después bautizados, que hablaron de un territorio
en frente del suyo, poblado por gente vestida de blancas túnicas,
que tenía la costumbre de emprender marchas llevando sendos
palos con banderas y daban fuertes gritos, de lo cual infieren
varios autores que tales hombres eran Papce ó indígenas colonizados
por ellos, así como estandartes y procesiones religiosas
las enseñas y cánticos, que tan vivamente impresionaron la
imaginación de los esquimales. La región á que éstos aludían
no podía ser otra sino la de Hvitrammanaland ó Irland-it-
Mikla (2).
Los citados testimonios acreditan el origen irlandés de esas
designaciones geográficas, equivalentes á Tierra de los hombres
blancos ó vestidos de blanco y Gran Irlanda, país en el
que sus habitantes usaban igual traje que San Columba, servíanse
de su patrio idioma, permaneciendo fieles al Cristianismo,
según lo prueban sus especiales ceremonias; y poco
piadosos con los náufragos, pretendían, tal vez para futura se-
(1) Gaffarel, Les Mandáis en Amérique avant Colomb.
(2) Asi lo dice el mismo Rafn en sus Antiquitates americana, por medio de estas elocuentes
palabras : «Hanc putant esse Hvitrammanaland {Terra Hominum alboruni) sive
Irlandiam Magnam.»
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guridad y por evitar nuevas persecuciones de los normandos,
que se ignorasen aquellos descubrimientos; como resultado de
todo lo cual, bien puede mantenerse la doctrina de que emigrados
irlandeses reconocieron y hasta colonizaron una porción
del continente americano septentrional: cierto es que las Sagas
islandesas carecen algún tanto de indispensable precisión; pero
tal defecto no impide conceder á la existencia de Irland-it-
Mikla el valor de hecho histórico real y positivo (i).
( i ) Gaffarel. Obra ya citada.
Este autor y otros, como Beauvois, entusiastas partidarios de las tradiciones cristiano-
europeas en América, no vacilan en añadir nuevas demostraciones á su tesis,
recordando con tal propósito la expedición marítima de los hermanos Zenos, é igualmente
el viaje y aventuras del príncipe de Galles, Madoc, hijo de Owen.
En el último tercio del siglo xiv, dos célebres patricios de Venecia, Nicolás y Antonio
Zeno, navegaron durante largo tiempo por el Atlántico, llegando en el NO. de
Europa á casi todos los países que anteriormente habían poblado los clerici ó papw.
Refirieron sus viajes, haciendo mérito de las regiones visitadas, entre las cuales, y en
la carta geográfica que conforme á dichos datos se redactó, publicándose dos siglos
más tarde, aparecen dibujadas la Escocia, Dania ó Dinamarca, Gotiaó Suecia, el archipiélago
de Estland, que debe ser el grupo de las Shetland, y más al Occidente Islandia.
Entre los 61° y 65o de latitud, al Sur de la última y Noroeste de Escocia, se
ve la tierra denominada Frislandia, donde gobernaba el príncipe Zichmni; al Norte,
se destaca Engronelant, y hacia el Sur y Poniente la isla de Icaria y las costas de Estotiland
y Droceo. Sobre la posición geográfica de todos esos lugares discuten mucho
los autores, sin que á pesar de ello y de las eruditas alegaciones presentadas al Congreso
de Americanistas de Copenhague en 1883, brille completa luz en tan interesante
punto. Además, la circunstancia de no haberse conocido en Europa las noticias de los
Zenos, hasta que en 1558, ó sean cincuenta y dos años después de la muerte de Colón,
las dio á la estampa Marcolini, vulgarizadas luego, desde 1574, por los trabajos de Ra -
musió, ha servido para que algunos críticos, como Zahrtmann, F. C. Irminger y varios
más, desposeyeran de valor histórico al testimonio, y negando la autenticidad dé los
descubrimientos, tildasen de quiméricos y fabulosos los pormenores contenidos en la
relación de los marinos venecianos. En cambio, su compatriota el Cardenal Zurla, los
ingleses Major y Winson, y sobre todo Beauvois y Gaffarel, atribuyen gran valor é
importancia al documento, sosteniendo que el Estotiland corresponde exactamente á
Irland-it-Mikla; porque sus habitantes desconfiaban, como en tiempo de Biorn y
Gudhleif, de los extranjeros á quienes retenían en cautividad, y sobre todo por la
avanzada civilización de aquel país, donde se conservaron libros latinos que los naturales
no entendían; pero que deben suponerse de origen irlandés. Las proporciones
ya excesivas de nuestro trabajo nos vedan el análisis minucioso que el asunto requiere.
En cuanto á la tradición celta, que los ingleses David Powel (Londres, 1584) y
Hakluyt (1600) dieron á conocer, puede recordarse que, según ella, en el año 1170 se
promovió fuerte contienda por sucesión al trono entre los hijos de Owen Guyneth,
rey de la parte septentrional del territorio de Galles. Madoc, uno de estos príncipes,
fatigado con semejantes discusiones, resolvió emigrar en busca de morada más tranquila;
navega hacia el Poniente, dejando atrás la Irlanda, y llega á un sitio que le paPor
lo mismo, críticos é historiadores de competente reputación,
se afanaron en discutir y analizar la equivalencia geográfica
probable de dicha comarca. El mayor número de los
sabios se limitó á reproducir la opinión de Rafn, que colocaba
Irland-it-Mikla en la parte meridional de los Estados Unidos,
apoyándose para ello en una vaga tradición de los indios Savanahs,
según la cual, la Florida estuvo habitada en antiguos
tiempos por hombres de raza blanca, que poseían instrumentos
de hierro. El célebre historiador escandinavo alegaba también
pretendidas analogías de lenguaje y persistentes vestigios del
Cristianismo en la misma Florida; pero Beauvois, mediante riguroso
estudio de los textos y sólida argumentación, declara
que la verdadera posición de Irland-it-Mikla conviene imaginarla
mucho más al Norte, ya en la isla de Terranova, ó bien
recio muy agradable; á poco regresa á su patria y arrastra consigo buen número de
partidarios, á los que logró persuadir sin gran esfuerzo, para que le acompañasen y se
decidieran á cambiar el suelo frío y estéril de la isla por una región magnifica, buscando
también las delicias de la paz, que reemplazarían á las fuertes agitaciones de la
guerra civil. Cantadas éstas hazañas por un compatriota del navegante, el bardo Meredith,
que vivió antes de los descubrimientos de Colón, y habiéndose consignado los
mencionados hechos en las triadas de los Gallos, que se supone corresponden al
siglo xn, no parece probable que el viaje de Madoc fuese, como pensaron críticos
muy sagaces, total y completamente inventado por Powell y Hakluyt, para sostener
y legitimar los proyectos territoriales y de conquista que animaban á Víctor Raleigh
durante el gobierno de Isabel de Inglaterra. El mismo Humboldt, cuyo serio juicio y
autoridad son innegables, escribió en sus dos famosas obras las siguientes palabras:
«No comparto en modo alguno el menosprecio con que han sido juzgadas esas tradiciones
nacionales; por el contrario, abrigo la firme persuasión de que con mayor asiduidad,
el esclarecimiento de hechos hoy desconocidos ilustrará mucho semejantes
problemas históricos.» Tampoco debe olvidarse que el Rvdo. P. Fr. Gregorio García,
en el cap. vi del lib. iv de su eruditísima obra Origen de los indios del Nuevo Mundo,
ya citada en la primera parte de este trabajo, reproduce la cita poética y las doctrinales
de dichos autores ingleses, cuyas opiniones no le parecen del todo inverosímiles.
Los comentaristas que patrocinaron la autenticidad de la expedición de Madoc,
emitieron diversos juicios sobre la equivalencia del lugar en que desembarcó, el príncipe
gallo. Hakluyt pretendió hallarla en el Yucatán; Horn y otros, fundándose en
analogías gramaticales muy controvertibles, la refirieron á Virginia, lo cual mereció
las censuras de Robertson. Torres Caicedo sostuvo que en la lengua Tuneba, hablada
por los indios de un cantón septentrional de Nueva- Granada, se descubrían muchos
vocablos de origen celta; el ministro metodista Beatty, gallo de nacimiento, creyó sorprender
su propio idioma entre algunos salvajes de la Carolina; pero el mayor número
de probabilidades, según Gaffarel, permiten resolver la cuestión en el sentido de que
cuando Madoc emigró tenía noticias de países occidentales, y que por lo mismo á
donde debió arribar fue al tantas veces citado paraje de Irland-it-Mikla.
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sobre lá orilla del San Lorenzo. Resulta, en efecto, de diversos
pasajes de las Sagas, que Irland-it-Mikla estaba situada entré
el Helluland y Vinland, y siendo probable, como oportunamente
dijimos, que la primera de esas denominaciones correspondiese
á la moderna tierra de Labrador, y la segunda á los
Estados de New-York, Rhode-Island y Massachusetts; es claro
que el Irland-it-Mikla ó Hvitrammanaland debe suponerse
entre esas dos regiones, ocupando la orilla meridional del San
Lorenzo y las islas que forman el golfo de este nombre (i).