viernes, 12 de octubre de 2007
Historia de la expulsión de los judíos de España

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Derrumbando muros de indiferencia.
Hay pocos estudios en castellano sobre la política religiosa nacional e internacional de Felipe II. Esta omisión responde, más que a una falta de interés del tema, a varios siglos de predominio de una única confesión religiosa en nuestro querido mapa ibérico. La historia religiosa de nuestro país se ha dejado en manos, tal vez durante demasiado tiempo, de los “profesionales de la religión”. Pero para una compresión adecuada de nuestro pasado más lejano y reciente, debemos de retomar el estudio de la Iglesia Católica, y del cristianismo en general, como una parte fundamental del desarrollo de la historia política y social.
Estamos viviendo en una de las épocas más emocionantes de nuestra historia reciente. De todas las cosas conseguidas en la Constitución del 29 de Diciembre de 1978, tal vez una de las que ha pasado más desapercibida sea la libertad religiosa. Por un lado, seguramente la madurez de los ciudadanos de nuestro estado, sólo vio confirmado un derecho socialmente aceptado más de una década antes, por otro lado la secularización de la mayor parte de las clases sociales y la paulatina separación entre estado e iglesia, dieran esa sensación de normalización. Aunque el pequeño guiño social y político a la libertad religiosa, muchas veces demuestra ser un simple espejismo, levantándose verdaderos muros de indiferencia hacia las minorías religiosas del país, tachándolas de extranjerizantes o sectarias.
Tal vez una de las razones fundamentales para que el español medio vea la heterodoxia como algo folklórico o esotérico, sea la profunda ignorancia sobre la historia de las minorías religiosas de su país, y en la parte que nos toca, la evangélica o protestante.
Este libro no pretende terminar con las miradas desconfiadas de la gente que ve un pequeño grupo en la calle cantando o repartiendo folletos, pero si poner su grano de arena en la compresión y refutación de esa desconfianza, acercando un poco más a los ojos del lector despierto a esos conciudadanos suyos que viviendo en su mismo país, sociedad y ciudad, tienen otra manera de explicar la vida.













La ventaja de ponerme ante este primer libro, y que no volveré a tener jamas, es que tendrá la pasión inequívoca de las primeras cosas. Los primeros sueños y anhelos, de las esperanzas que llenan nuestro baúles privados y con las que cargamos todos, hasta que alguien, las expone a la luz pública.
Pretendo desnudar a los personajes de estas enrevesadas historias de la manera más sencilla y clara posible. Abriendo las cortinas llenas de polvo y descubriendo la luz sobre la oscuridad que produce el pasado.













Los antecedentes.
Los reyes católicos
El 30 de Marzo de 1492 la reina “católica” y su consorte firmaban la expulsión de más de treinta y cinco mil judíos de todos sus reinos.
Abrevanel o Abraham Seneor, dos judíos encargados de la intendencia de la última cruzada peninsular, no podían ni imaginar que la expulsión podía ser una recompensa a sus continuos servicios a la corona. Como el resto de sus hermanos emprendieron su camino hacia otros reinos. Tras de si dejaban la tierra en la que habían vivido cientos de años. Carlos V, fiel seguidor de las ideas de sus bisabuelos, haría lo mismo en el año 1525 con los judíos de Nápoles, demostrando una constante que trascendía a los intereses económicos y políticos, la intolerancia religiosa.
Los reyes católicos aspiraban a un reino uniforme, por lo menos en lo religioso. Aunque esto supusiera la expulsión de más de 150.000 personas en los reinos de Castilla y Aragón. Otros 50.000 judíos fueron obligados a convertirse al cristianismo para poder permanecer en sus casas y con sus bienes.
Un texto de la época describe así este episodio dantesco:
“Salieron- cuenta el cronista Bernáldez- de las tierras de sus nacimientos, chicos y grandes, viejos y niños, a pie y a caballo en asnos y otras bestias, y en carretas, y continuaron sus viajes, cada uno a los puertos que había de ir; e iban por los caminos y campos por donde iban con muchos trabajos y fortunas, unos cayendo, otros levantando, otros muriendo, otros naciendo, otros enfermando, que no había cristiano que no hubiese dolor de ellos, y siempre por do iban los convidaban al baptismo, y algunos con la cuita, se convertían y quedaban, pero muy pocos, y los rabies los iban esforzando y hacían cantar a las mujeres y mancebos y tañir panderos y adufos para alegrar la gente, y así salieron de Castilla”.
Este breve relato nos muestra en parte la dura situación en la que se encontró la minoría religiosa de los judíos al tener que abandonar sus casas para ir al exilio. Aun así la realidad fue más triste de lo que este narrador nos describe. Todos se aprovechaban de los pobres hebreos; salteadores, derechos de paso, pago de un impuesto para poder entrar en Portugal y otras muchos agravios y desmanes. En 1499 la cuestión judía había quedado resuelta. Unos meses más tarde los Reyes zanjaron el asunto decretando la condenaba a muerte a todo judío que se encontrara en los territorios reales, después de la fecha de expulsión.
La otra parte de judíos, los conversos, se fue asimilando poco a poco por el resto de la sociedad.
Los moriscos eran la otra minoría religiosa de la Península. La rendición de Granada produjo, de la noche a la mañana, un aumento importante de este grupo en el conjunto de la sociedad. Más de medio millón de personas se incorporaron a la corona de Castilla. Este grupo suponía aproximadamente el 5% de la población total, pero su importancia era aun mayor dada las circunstancias en las que se encontraba toda la zona mediterránea.
Los reyes católicos habían expulsado a los judíos sin pestañear, ya que no había ninguna ley que les protegiera, pero con los moriscos había una serie de capitulaciones que se habían comprometido a respetar. Los reyes tenían que guardar las vidas y haciendas de los vencidos así como sus instituciones religiosas. Hacia los moriscos, por lo menos sobre el papel, había una tolerancia religiosa que los reyes no podían olvidar. Por otro lado, los moriscos eran vistos como cómplices de los múltiples fechorías que hacían los corsarios beréberes en la costas mediterráneas.

Los reyes católicos orquestaron todo un plan de asimilación de esta minoría. En primer lugar fueron desaciéndose de los líderes religiosos y políticos, en segundo lugar se intentaría una conversión masiva de la población y en tercer lugar, se repoblaría con colonos cristianos las zonas de mayoría morisca para disminuir el peso de estos en esas zonas. Para llevar a cabo todo este plan se nombró gobernador del nuevo reino a Iñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, y a Fray Hernando de Talavera, como primer arzobispo de Granada. Este último, fraile Jerónimo, había sido consejero y confesor de la reina durante mucho tiempo. En la partida administrativa, los reyes nombraron a Don Fernando de Zafra, un hombre resuelto y eficaz.
Talavera inicio la conversión de los moriscos de una manera respetuosa y tolerante, pero sus resultados no eran satisfactorios para la corona. Por ello se empezaron a clausurar o transformar las instituciones musulmanas, abriendo otras de inspiración cristiana, haciendo imposible la práctica de la fe musulmana. A los conversos que se bautizaban se les ofrecían pequeñas sumas de dinero y se les daba ciertos beneficios. Esto produjo una reducción de la práctica mahometana al ámbito doméstico. Al finalizar los tres años de exención fiscal que los reyes católicos habían acordado, se impusieron gravosos impuestos a los musulmanes.
El regreso en 1499 de los reyes a Granada, constato el hecho de que el problema morisco estaba lejos de resolverse, ya que la minoría cristiana se había convertido en una oligarquía que vivía aislada de la gran masa musulmana. Talavera perdió el favor real y se decidieron posturas más drásticas. El hombre destinado a llevar a cabo estos cambios era Fray Francisco Jiménez de Cisneros, el nuevo hombre fuerte de la corte y de carácter mucho más violento que su predecesor.
Fray Francisco Jiménez de Cisneros provenía de una familia de hidalgos de Torrelaguna (Madrid), estudiante en Salamanca, abogado de la Curia Romana y más tarde sacerdote. La muerte de su padre le devolvió a la Península. Pero sus primeros años en Castilla no fueron fáciles, encarcelado por la disputa de un cargo eclesiástico, Francisco tuvo tiempo de reflexionar sobre que quería hacer con su vida. Más tarde pudo acceder al puesto de Vicario general en Siguenza. La prometedora carrera de Francisco se detuvo cuando este prefirió dejarlo todo por entrar en la orden de los franciscanos observantes en el convento de San Juan de los Reyes en Toledo.

Francisco Jiménez de Cisneros vivió durante siete años como un monje más. Pero la fortuna o la desgracia le vino a sacar de su vida austera. La Reina, que había dejado su confesor en Granada, el arzobispo Talavera, necesitaba un nuevo confesor. El cardenal Mendoza recomendó a Cisneros, que en principio se negó a aceptar, cambiando más tarde de opinión. Su nueva posición de influencia le llevó a asumir el cargo de Provincial. Cisneros, hombre decidido y comprometido, utilizó este nuevo cargo para propiciar una renovación en su orden. Francisco quería imponer la observancia en todos los monasterios franciscanos. Por ello, acompañado de su secretario, Francisco Ruiz y un burro, recorrió media España para realizar esta labor.
La muerte del Cardenal Mendoza en 1495 alzó a Cisneros hacía la más alta cima de la jerarquía, el arzobispado de Toledo. Ahora Cisneros podía extender su reforma a los monasterios y conventos de otras órdenes. Los cargos y honores no cambiaron al humilde fraile, que siguió viviendo en la más absoluta pobreza y sobriedad.
Cisneros fue el instrumento fundamental para la reforma religiosa de la Iglesia Peninsular. Los reyes autorizados por el Papa, pusieron en sus manos de Cisneros un poder increíble. El arzobispo fue implacable con todos aquellos que se opusieron o resistieron a las reformas. No fueron pocos los conventos que se rebelaron y en masa abandonaron los hábitos o se encerraron en los monasterios negándose a cumplir la dura regla observante. Esto no amedrentó al primado español que llevó la reforma hasta su propia casa, obligando a observar la disciplina y vivir en comunidad a los canónigos toledanos..
La reina Isabel, mujer devota, ayudó a Cisneros en la reforma de los conventos femeninos.
Cisneros se había manifestado tan útil vasallo que los reyes católicos no dudaron en usarle para resolver el problema morisco de Granada. Cisneros llegó a dicha ciudad en el Otoño de 1499. El problema musulmán tenía muchas ramificaciones. Por un lado los conversos moriscos encontraban dificultades para practicar su fe entre sus antiguos correligionarios. Por ello Cisneros puso bajo jurisdicción de la Inquisición la vigilancia de estos nuevos cristianos. Los hijos de estos conversos serían educados en la fe cristiana y también bautizados. Por otro lado, hacia los más de 200.000 mahometanos que todavía quedaban Cisneros propuso la conversión o la expulsión.
El primer paso que tomo Cisneros fue reunir a todos los alfaquíes musulmanes exhortándoles a la conversión por medio de buenas palabras y regalos. Los que renunciaron a su fe fueron aleccionados para convertir al pueblo, pero los que decidieron seguir en su fe mahometana fueron encarcelados, lo que produjo conversiones en masa por miedo a las represalias. Cisneros incauto los libros de los musulmanes y con ellos formó una gran hoguera en Bibarrambla (Granada). La reacción no se hizo esperar mucho, se produjeron revueltas que llevaron a actuar contundentemente al gobernador Tendilla. Se persiguió a los rebeldes, acorralándoles y conminándoles a rendirse, con la promesa de que si se convertían no tendrían nada que temer. La conversión en masa que se produjo atemorizó a los musulmanes de las Alpujarras que se levantaron en armas. Después de su derrota más de 3.000 musulmanes fueron degollados en Laujar de Andarax.

El 11 de Febrero de 1502, los reyes católicos firmaban un decreto de expulsión similar al de los judíos unos años antes. Los musulmanes que no se habían convertido lo hicieron por miedo a la expulsión, pero su conversión fue superficial y en sus casas seguían practicando sus antiguas costumbres y ritos.
El problema de la unidad religiosa parecía al fin solucionado. Pero años más tarde surgirían nuevos problemas con los moriscos. El coste humano había sido inmenso, Castilla y Aragón habían sufrido una verdadera sangría demográfica, buena parte de las estratos más activos de la sociedad habían dejado el reino, y la conversión masiva de muchos judíos y moriscos sólo había retrasado el problema de la asimilación de las minorías religiosas, ya que años más tarde la sociedad castellana y aragonesa viviría una verdadera discriminación entre los viejos y nuevos cristianos. Ahora la Inquisición, en manos reales, tenía las manos libres para someter a cualquier súbdito a interrogatorio, ya que oficialmente todos los castellanos y aragoneses eran cristianos.
La huella de la represión religiosa había dejado una viva impresión en los reinos peninsulares, la política y la religión unidas de la mano habían destruido varios siglos de tolerancia.
Publicado por marioescobargolderos @ 14:43  | Historia
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Comentarios
Publicado por Invitado
jueves, 12 de enero de 2012 | 3:17

lamentablemente tu articulo esta tan marcadamente personalizado, que carece de ningun valor historico, si intentas hacer un articulo serio, informate mejor, moriscos son los mudejares ya convertidos, solo para empezar. una lastima