Verdades y mentiras acerca de Isabel la Católica
Parte I. Nacimiento y juventud
Hablar de uno de los emblemas de la cultura hispana de todos los tiempos es siempre complicado. Ponerse en la tarea de dilucidar las luces y las sombras de una mujer como la Reina Católica, y digo de la mujer, no tan sólo de la reina, constituye una pesada carga. La Verdad es una arenilla fina que se nos escapa entre los dedos a medida que apretamos la mano para aprehenderla. Eterno trabajo el de guardar en un puño el polvo primigenio del hombre, un barro que necesita del soplo divino para hacerse Historia.
Historia es el hombre, cronología de tiempo y espacio, Isabel fue más que Historia, fue Cronos, ya que dirigió en buena parte su destino.
Isabel no nació para reinar. Paradoja que se repite constantemente en los reinos del mundo. Hija de la segunda mujer de Juan II de Castilla, Isabel de Portugal, era cuarta en la línea sucesoria. En ella estaba primero su hermanastro Enrique IV, que a la sazón era rey de Castilla desde que ella cumplió los tres años, en el año 1454. La segunda persona en la línea sucesoria era la infanta Juana, hija de Enrique IV y de su segunda esposa, Juana de Portugal. El tercer sucesor al trono era el propio hermano de Isabel, Alfonso, que nació dos años después de su hermana.
Isabel estaba destinada a casarse con el heredero de alguna corona que favoreciese políticamente a su hermanastro Enrique IV. Entonces, ¿Cómo se convirtió Isabel en reina de Castilla?
Pero antes conozcamos un poco a la progenitora de Isabel, Isabel de Portugal. La reina, mucho más joven que su marido. Procuró atraerle cada vez más para favorecer la causa de sus hijos. Para ello utilizó todo tipo de estratagemas, pero no fue hasta el nacimiento de su hija, Alfonso, que no se atrevió a deshacerse del valido del rey, don Álvaro de Luna, que antes le había ayudado a conseguir el cariño regio y había propiciado su boda. Creía la reina, que ella sola podría dominar a su marido Juan II. Por ello propició la detención de don Álvaro de Luna y su posterior ejecución en el cadalso. El 21 de julio de 1454 moría el rey Juan II, dejando la reina la Corte para refugiarse en Arévalo junto a sus dos hijos.
El carácter de la madre de Isabel nos informa de alguno de los rasgos que más tarde veremos en su propia forma de ser: determinación, intriga, ambición e inflexibilidad. Pero hay otros rasgos en la Isabel niña. Entre ellos destaca la religiosidad, la lealtad a su familia, su extrema inteligencia, la independencia en sus decisiones.
La reina viuda, Isabel de Portugal, seguramente mantuvo la esperanza de ver a uno de sus hijos reinando Castilla. Al fin y al cabo, Enrique IV no tuvo hijos de su primer matrimonio con Blanca de Navarra, al parecer ni si quiera llegó a consumar el matrimonio. De hecho se dudó de su virilidad. De su segundo matrimonio con Juana de Portugal, si consiguió concebir a la princesa Juana, llamada por las malas lenguas “la Beltraneja”, ya que se cría que era hija realmente del noble cortesano Beltrán de la Cueva. Supuesto que nunca se llegó a demostrar. Pero Isabel niña vivía seguramente ajena a todas estas elucubraciones palaciegas. Aunque, probablemente su madre le instruyera en la defensa de sus derechos y los de su hermano. Enrique IV, temeroso de la influencia que la reina viuda pudiera ejercer sobre sus hijos, los mandó llamar a la Corte. Isabel tenía 11 años su hermano Alfonso tan sólo 9 años.
Isabel pende de un hilo. Su posición en la Corte es incómoda, la mujer de su hermanastro, Juana de Portugal, no la mira con buenos ojos. ¿Cómo vivirá Isabel su experiencia cortesana? ¿Sabrá mantenerse apartada para no llamar la atención? ¿Qué sucederá con Alfonso y Juana “la Beltraneja” para dejar pasó libre al trono a Isabel?
Mario Escobar Golderos, licenciado en Historia y director de las revistas Kerigma e Historia para el Debate.