Blog de Escritor: Mario Escobar Golderos

miércoles, 28 de junio de 2006

$>Cisneros y la Reforma

Cisneros y la Reforma
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Francisco Jiménez de Cisneros es a la historia de España lo mismo que Richelieu a la de Francia, en cambio no son tan abundantes las biografías y monografías sobre el cardenal español, como los estudios franceses sobre el intrigante francés.
Cisneros murió el 8 de noviembre de 1517 el 31 de octubre de ese mismo año Martín Lutero clavaba sus 95 tesis en las puertas de la catedral de Wittenberg, No sabemos que hubiera opinado el cardenal de las propuestas y quejas del agustino alemán, pero si estudiamos comparativamente a los dos personajes encontraremos significativas coincidencias y diferencias.
Francisco Jiménez de Cisneros se ordenó sacerdote a petición de sus padres. Iniciado en los latines por su tío Álvaro Sacerdote en Roa, continuó sus estudios en Alcalá para luego pasar a Salamanca e ingresar en la Universidad. En dicha ciudad se hizo bachiller in utroque jure (leyes). Después viajo a Roma donde se ordenó sacerdote, terminó sus estudios de teología y trabajo como abogado en la corte del papa Calixto III. Tras su regreso a España reclamó el arciprestazgo de Uceda, pero ante la negativa del Arzobispo Carillo de darle dichos beneficios otorgados por el Papa, fue encarcelado durante varios años. Después de este tiempo se le reconocieron sus derechos, el Arzobispo Alonso le nombró vicario y alcalde de Sigüenza. Tras la muerte de su madre, Cisneros lo abandona todo y se convierte en fraile franciscano.
Martín Lutero se convirtió en agustino a pesar de la oposición de sus padres, abandonando sus estudios de derecho, completó sus estudios de teología y filosofía en Erfurt, después de su ordenación se convirtió en profesor de ética aristotélica en Wittenberg. Allí completó sus estudios de con el Bachiller Bíblico. Martín viajo también a Roma, aunque por razones diferentes, resolver una querella dentro de su orden entre. Completó sus estudios con un doctorado en teología. Aunque su deseo era vivir en santidad, alejado de la gente, luchando en su interior con las dudas y miedos que le producían el Juicio de Dios.
Habíamos dejado a Cisneros en su pobre monasterio de El Castañar, buscando en el silencio y el recogimiento a Dios, pero de allí le sacó el arzobispo Alonso, que dejaba su puesto de confesor de la reina Isabel Católica para dedicarse a la conversión de los moriscos en Granada. Cisneros no quiso aceptar convertirse en confesor de la reina, pero ante la insistencia de su superior y las presiones del arzobispo, cedió, aunque con algunas condiciones. En primer lugar mantendría sus votos y permanecería lejos de la corte, en segundo lugar no aconsejaría a la reina en temas que no fueran estrictamente espirituales y en tercer lugar, no cobraría nada a cambio. La reina accedió y Cisneros se convirtió en confesor. Al poco tiempo fue nombrado provincial de su orden y junto a un colaborador se recorrió todos los monasterios bajo su responsabilidad, animando a los monjes a adoptar una vida de piedad, pobreza y santidad. La más de las veces sufrió vejaciones, palizas o le soltaron los perros, pero Cisneros no cejaría en su empeño.
Martín Lutero por su lado, seguía dando sus clases en la universidad y buscando en la Biblia la respuesta para sus dudas y miedos. Pero algo iba a sacarlo de su letargo personal, la predicación de las indulgencias en los territorios cercanos por el dominico Juan Tetzel, enviado por el arzobispo Alberto de Brandeburgo, le movieron a pasar a la acción. Primero las publicación de sus tesis, después la discusión de Heidelberg, el encuentro con el cardenal Cayetano, la disputa de Leipzig y sus libros, le convirtieron en el personaje más conocido de Alemania y, posiblemente de toda Europa.
Francisco Jiménez de Cisneros comenzaba su reforma eclesiástica a lomos de un pollino, recorriendo los polvorientos caminos de España, Lutero varios lustros después extendía a lomos de otra cabalgadura más veloz, la imprenta, su ansia de reforma. El primero buscaba ética y moral, el segundo una reforma moral, pero que implicaba remover dogmas establecidos durante siglos. Sus caminos se cruzaban en el axioma de que toda reforma moral implica una reforma doctrinal y que nunca se puede hacer una reforma doctrinal sino va acompañada de una profunda reforma moral.

Las piedras centenarias de la catedral de Toledo invitan al viajero a franquear sus puertas con la música acompasada de las bisagras oxidadas. Al entrar uno espera oscuridad y recogimiento, pero los turistas caminan sin rumbo tocando los relieves del coro, mirando asombrados las capillas y fotografiando a escondidas los altares de oro y plata. La catedral que conoció Cisneros era muy distinta. El silencio, el perfume de los inciensos, el murmullo de los canónigos que como fantasmas vagaban por el claustro luminoso, formaban una atmósfera de misterio místico.
Toledo y Cisneros cruzaron sus caminos de manera inesperada. Gracias al apoyo de los Reyes Católicos, Francisco Jiménez de Cisneros se convirtió en arzobispo de Toledo, el cargo eclesiástico más importante de la Península y con una de las rentas más altas de toda Europa. El anterior arzobispo, Mendoza, del que ya hemos hablado, le recomendó para el cargo en su lecho de muerte. La bula de concesión al nombramiento llegó a Madrid en la cuaresma de 1495. Una vez más Cisneros se negó a aceptar el vacante eclesiástico, obligando al Papa a enviar una nueva orden conminatoria seis meses después. Cisneros terminó por aceptar. Su celo reformista se hizo notar muy pronto en su diócesis. Los primeros en sufrirlo fueron los canónigos, que como en la mayoría de las catedrales eran demasiado ricos y relajados. La vida monacal y consagrada que intentaba imponerles el nuevo arzobispo no encajaba en sus planes, por ello, los canónigos enviaron un representante a Roma, para quejarse de los rigores reformistas de Cisneros.
En la etapa de Cisneros las riquezas de la diócesis no se usaron, como había sucedido en anteriores ocasiones, para enriquecer a la familia del nuevo arzobispo, ni para celebrar suntuosas fiestas; la mayor parte se usó en la construcción de hospitales, colegios, pósitos de trigo para los pobres, en la construcción de la Universidad de Alcalá y para subvencionar proyectos de los reyes, como la conquista de Oran.
Cisneros realizó numerosas reformas a nivel pastoral en su diócesis. En primer lugar se llevó un control más riguroso de bautismos, se ordenó la explicación de los evangelios el domingo en las parroquias, la enseñanza del catecismo a los niños. Creo el monasterio de San Juan y la Casa de Santa Isabel, para niñas pobres y prostitutas. También fundó una congregación para recoger enfermos y niños abandonados. Completando su obra de caridad con el reparto de trigo en época de carestía.
Por su lado Lutero tomó un derrotero muy diferente. Excomulgado definitivamente en enero de 1521, abrió un camino de reforma propio. En primer lugar buscó el favor del emperador Carlos V en la Dieta de Worms, pero el joven emperador no estaba dispuesto a enfrentarse al Papa y le conminó a abjurar. Protegido por el príncipe electro Federico de Sajonia, salvó la vida ocultándose durante unos meses en un castillo. Durante aquel obligado periodo de retiro el joven agustino no perdió el tiempo. Lutero se enfrascó en una profunda batalla espiritual y en un frenético ritmo de trabajo. Por un lado comenzó la traducción del Nuevo Testamento al alemán, por otro se carteaba con sus compañeros de Wittenberg, que en aquel momentos se encontraban preocupados por el cariz que tomanban la reforma en la ciudad. En marzo de 1522 regresó a la ciudad para terminar con el bando más radical de la Reforma. Mientras que Cisneros tuvo que reorganizar una diócesis grande y complicada, Lutero acometió la construcción de una nueva iglesia desde la base.
Tras la publicación del Nuevo Testamento en alemán, Lutero comienzó la traducción del Antiguo Testamento, paso necesario para afirmar uno de los pilares básicos de la Reforma, el de sola escritura, las doctrinas de sola gracia y solo Cristo, obligan a Lutero a combatir por escrito muchas doctrinas que circulaban por una Alemania en pleno proceso de Reforma. En 1523 monjes y monjas abandonaron los claustros, aunque el propio Lutero no dejó la cogulla hasta un año más tarde. Pero nuevos problemas aparecieron en el horizonte, los campesinos se rebelaron contra sus señores al grito de Reforma. Por otro lado, Cisneros comenzó su labor evangelizadora-opresora en Granada y fue nombrado como Inquisidor, las horas más oscuras de estos dos personajes están apunto de comenzar.
Cisneros.
La Alhambra aparecía majestuosa ante los ojos del pequeño séquito arzobispal. Muchos de los religiosos miraban asombrados la Gran Mezquita, el Zoco, las sinuosas callejuelas que ascendían hasta el palacio-fortaleza. Por todos lados corrían niños medio desnudos, al tiempo que las mujeres, con sus gigantescos ojos negros, escondían el rostro ante los curiosos viajeros. Cisneros encabezaba la comitiva, había dejado el humilde pollino a un siervo y caminaba con rapidez junto a su secretario. Fray Fernando de Talavera, arzobispo de Granada, le esperaba impaciente. Había oído de los métodos expeditivos del arzobispo de Toledo y temía que los moriscos, escarmentados por los abusos y humillaciones de los castellanos terminaran por sublevarse.
Las órdenes de los Reyes Católicos eran claras. La conversión de los moriscos no podía esperar. Para ello debía emplearse cualquier método, incluido el de la coacción, la amenaza o la expulsión. Uno de los acompañantes de Cisneros, un sacerdote llamado León, fue uno de los más fanáticos colaboradores del arzobispo de Toledo.
Una de las primeras medidas de Cisneros fue la destrucción de todos los libros mahometanos de la ciudad. Algunos historiadores hablan de cientos de libros quemados, otros de apenas cinco o seis mil. Después obligó a miles de granadinos a bautizarse y bautizar a sus hijos, cerró todas las mezquitas y centros religiosos. Pero el arzobispo sabñía que para controlar a un pueblo había que dominar a sus dirigentes, por ello los líderes religiosos y políticos fueron conminados a convertirse o morir. La revuelta no se hizo esperar y miles de granadinos atacaron la residencia del arzobispo de Toledo, aunque el motín fue sofocado con rapidez.
Lutero.
La Reforma en Alemania acababa de nacer pero todavía tenía que superar muchos peligros. El imperio no era un estado centralizado y organizado, más bien era un mosaico anárquico compuesto por decenas de principados, condados, ducados, ciudades libres, etc. Las revueltas sociales se sucedían, pero el verdadero problema para la Reforma apoyada por la alta nobleza alemana, surgió con la rebelión de los campesinos. Al principio Lutero tomó una actitud conciliadora, acusando a los señores de abusar de los campesinos en su Exhortación a la paz a propósito de los doce artículos del campesinado de Suabia, pero cuando el problema se radicalizó Lutero no dudo en escribir Contra los rapaces y homicidas hordas de los campesinos. El reformador calificó a los campesinos de “ladrones y homicidas”, exhortando a los señores a “perseguidlos y matadlos como perros rabiosos.
Cisneros convertido en inquisidor, obligando a convertirse a los moros de Granada, destruyendo sus libros sagrados y apoyando la expulsión de los judíos, demostró un talante intolerante, tan común en España en los últimos quinientos años. Por su parte Lutero, olvidando las máximas cristianas de amor al prójimo, prefirió la destrucción de los enemigos de su reforma religiosa, aunque más tarde se arrepintiera de su inflexibilidad.
En la última parte queremos reflexionar en el papel que Cisneros y Lutero jugaron en el estudio y propagación de las Sagradas Escrituras, labor imprescindible para la consolidación de la Reforma en el siglo XVI.